jueves, 11 de noviembre de 2010

¡Qué lejos estamos de nuestra esencia!

La distancia que nos separa de lo que realmente somos es enorme. Lo que creemos que somos no guarda relación con nuestra profunda esencia. Más bien la ignoramos.
Estamos tan identificados con lo que pensamos, que no podemos advertir la deformación continua que hacemos de la captación de nuestra esencia.
Somos seres simbólicos; Esto nos diferencia del resto de los seres de este planeta. Para nuestro bien y mal. A partir de la capacidad de simbolizar, los seres humanos podemos pensar, comunicarnos y mediatizar la realidad para hacerla más manejable.
Nuestra capacidad de abstracción nos permite desarrollos mentales fantásticos, tanto en la ciencia como en las artes o en la religión.
Esta enorme facultad que nos diferencia del resto de los animales (Y por supuesto de los vegetales), nos ha fascinado tanto que nos hemos olvidado que es una posibilidad de transmitir la realidad y no la realidad misma. Nos hemos desconectado de lo simbolizado y nos hemos quedado con el símbolo, creyendo que es lo mismo. Además, estas ideas, pensamientos o creencias no son cuestionados. Tienen todo el permiso de deformar la realidad o de "crearla". Es el reino de la subjetividad. Cada uno crea su mundo y dice: "El mundo es así".
A partir del reinado de esta deformación de la realidad, creamos una pseudorealidad a nuestra medida. Ella contiene nuestros deseos, temores, creencias. Mandatos, suposiciones y valores. Nada es lo que es, sino que todo tiene su nombre y su explicación.
Nuestra capacidad de pensar tiñe nuestras percepciones y otras veces las bloquea de tal manera que "Lo que no es lógico, no existe".
Captar lo que somos debería ser sencillo y usual, sin embargo es una de las actividades más difíciles para nuestra conciencia. Recurrimos a explicaciones psicológicas, filosóficas o esotéricas, pero seguimos sin captar
 nuestra presencia en el aquí y ahora.
Cuando lo hacemos se abre nuestro corazón, surge la emoción de estar vivos y sucede el
 darse cuenta que nos revela algo de nuestra existencia.
Vivimos contándonos historias acerca de lo que nos sucede, en vez de vivir en forma pura la experiencia. Necesitamos entender y tener explicaciones para calmarnos y sentirnos seguros.
El gran
 Don que nos diferencia del resto de los mamíferos nos tiene atrapados entre pensamientos y desconectados del Vacío que nos contiene.
Nuestros barrotes son historias del pasado y fantasías futuras. No vemos el vacío entre un barrote y el otro. Ese vacío intermedio es
 el presente.
En el presente no hay tiempo ni espacio. Es... tan solo es.
Todo es... Nada es.
Todo importa... Nada importa.

Centro Gestáltico San Isidro
"Un Espacio para el desarrollo personal y profesional"
ww.cgsi.com.ar
WAIDY SAMAURA  FRAILE ALBARRACIN

miércoles, 10 de noviembre de 2010

TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS EFICACES PARA EL TRASTORNO OBSESIVO COMPULSIVO






 
El trastorno obsesivo compulsivo (TOC) es uno de los problemas de ansiedad más sobresalientes. Desde los tiempos más remotos su florida sintomatología: la recurrencia de pensamientos percibidos como ajenos y las compulsiones ligadas al alivio del malestar, han contribuido a caracterizarlo como el trastorno de ansiedad más grave. Esta gravedad obedece, principalmente, a su complejidad (a menudo se presenta asociado a otros cuadros clínicos, p.ej., la depresión) y a la tradicional dificultad que su tratamiento ha tenido.
El DSM-IV caracteriza las obsesiones y las compulsiones y relaciona estas últimas con el alivio del malestar generado por las primeras. Las obsesiones se definen como pensamientos, impulsos o imágenes recurrentes que se experimentan como ajenos, intrusos e inapropiados y que causan ansiedad y malestar. Estos pensamientos, de mayor entidad que las preocupaciones más o menos excesivas de la vida normal, son combatidos por el paciente, quien, aun reconociéndolos como propios, se ve incapaz de controlarlos. Las compulsiones vienen definidas como comportamientos o pensamientos de carácter repetitivo, incluso reglado, a los que se ve impelido el paciente en respuesta a la obsesión y, con la finalidad de reducir la ansiedad y el malestar generado por ésta. Aun cuando la compulsión no está ligada de forma realista o proporcionada a combatir la ansiedad o el malestar percibido.
El TOC implica una pérdida de control, por parte del paciente, de sus pensamientos e incluso de sus conductas. Este hecho, además, se vive de forma paradójica, en tanto que el paciente reconoce como producto de sí mismo tales pensamientos y/o conductas. Ello lleva a ciertas complicaciones, como por ejemplo que el paciente deje de reconocer lo excesivo de sus obsesiones o compulsiones, en suma, que tenga poca conciencia de la enfermedad (aspecto éste sobre el que el DSM-IV llama explícitamente la atención).
La caracterización del TOC por el DSM-IV parte de los estudios de campo realizados en los que en el 90% de los casos se daban ambos componentes: obsesivo y compulsivo. Es más, cuando se consideran los rituales cognitivos, además de las conductas, como parte de las compulsiones, sólo un 2% de pacientes dicen tener obsesiones sin compulsiones (Foa y cols., 1995). Por otro lado, en lo que se refiere a la relación funcional explicitada por el DSM-IV entre obsesiones y compulsiones, sólo un 10% de los pacientes señalan que sus compulsiones no están relacionadas con las obsesiones (Foa y cols., 1995). En consecuencia, el TOC se caracteriza por la presencia de los dos componentes señalados (obsesiones y compulsiones), relacionados funcionalmente, y, en un porcentaje mínimo, la existencia de obsesiones sin ningún tipo de compulsión, o la falta de relación funcional entre obsesiones y compulsiones.
La prevalencia del TOC es baja. Un 2,5% de la población adulta de los EE.UU. de Norteamérica (Karno y Golding, 1991). Este porcentaje, a pesar de ser pequeño, es mucho mayor que el obtenido en estudios anteriores (Myers y cols., 1984 y Robins y cols., 1984). La tasa de prevalencia señalada para los EE.UU. mantiene un porcentaje similar al de otros países (Canadá, Puerto Rico, Alemania, Taiwan, Corea y Nueva Zelanda), tal y como queda recogido en el estudio de Weismann y cols. (1994). Por lo que respecta a su incidencia en niños y adolescentes, el porcentaje es similar al obtenido en la población adulta (Valleni-Basile y cols., 1994). Hay una incidencia diferencial por sexos. Tiene una mayor prevalencia en las mujeres, la razón mujeres-hombres varía de 1,6 a 1,2, según los estudios realizados (Rasmussen y Tsunang, 1986; Karno y Golding, 1991). Este razón llega al 2 en el caso de niños y adolescentes (Hanna, 1995).
El TOC se inicia de un modo gradual, sin un claro precipitante. No obstante, en algunos casos su aparición se ha visto asociada a determinados cambios, como es el caso de su ocurrencia post-parto (Neziroglu y cols., 1992). La edad media de inicio está entre los 22 y 35 años, comenzado en el 65% de los casos antes de los 25 años, y en muy pequeño porcentaje (15%) después de los 35 (Weismann y cols., 1994 y Rasmussen y Eisen, 1990).
Por último, destacar el grado de incapacitación que produce el trastorno. Esta incapacidad es especialmente relevante en el ámbito de las relaciones sociales: familiares y laborales, en las que la recurrencia de los rituales compulsivos plantean dificultades serias al comportamiento cotidiano, teniendo en cuenta la cronicidad y persistencia del trastorno (Rasmussen y Eisen, 1989 y Emmelkamp, de Hann y Hoogduin, 1990).
Definición y valoración de los tratamientos
El abordaje terapéutico del TOC ha sido tradicionalmente problemático. Los tratamientos del pasado de corte psicodinámico no lograron más que mínimas y transitorias mejorías, por lo que el TOC adquirió una reputada fama de problema intratable (Coryell, 1981). Posteriormente, desde la Terapia de Conducta, los acercamientos iniciales fueron también problemáticos. En efecto, si bien se produjo una mejora en el tratamiento del problema, ésta fue limitada. La aplicación de la detención del pensamiento y otros procedimientos basados en el control de contingencias, sólo fueron útiles en un reducido porcentaje de pacientes (menor del 50%) (Stern, 1978). La situación mejoró con la aplicación de las técnicas utilizadas en otros trastornos de ansiedad, más concretamente con las fobias. La aplicación de la desensibilización sistemática y otras técnicas como la intención paradójica centrada en la verbalización repetida de los pensamientos obsesivos, facilitó el abordaje del TOC aunque de forma poco significativa (Beech y Vaughan, 1978). El TOC se resistía a la potencia demostrada por el tratamiento rey de la Terapia de Conducta para los trastornos de ansiedad.
El tratamiento del TOC tuvo un impulso significativo mediada la década de los 60 con la aplicación de los procedimientos de exposición con prevención de respuesta. Al trabajo pionero de Meyer (1966) le seguirían muchos otros que terminarían por caracterizar este tratamiento como el de elección en el TOC. También en esta época se muestra la eficacia de los psicofármacos, la clomipramina (Fernández-Córdoba y López-Ibor Aliño, 1967), en lo que será el desarrollo de la otra alternativa terapéutica actual al TOC.
Las dificultades para el tratamiento del TOC han sido y son, como no puede ser de otra manera, muestra de los conocimientos sobre los factores que explican la adquisición y el mantenimiento del problema. Lo cierto es que la teoría de los dos factores propuesta por Mowrer (1939 y 1960) parecía ajustarse como anillo al dedo a este trastorno. Así lo consideraron Dollar y Miller (1950) y del mismo modo se ha constatado a lo largo de múltiples investigaciones (ver Steketee y Frost, 1998). En suma, unos determinados estímulos evocadores de ansiedad, que presumiblemente han sido condicionados por asociación entre un estímulo neutro y un estímulo aversivo, generan una respuesta emocional negativa de la que el paciente escapa a través de comportamientos o pensamientos (rituales) que producen una disminución momentánea de la ansiedad o del malestar presente. Esta explicación, si bien puede no satisfacer completamente el modo en que se adquiere el TOC, al igual que otros trastornos de ansiedad, sí permite comprender de forma suficiente cómo se mantienen, aspecto éste decisivo para el tratamiento.
No obstante, y a pesar de lo adecuado de la explicación basada en la teoría de los dos factores se ha recalcado, en las pasadas décadas, la importancia de los factores cognitivos en la adquisición y el mantenimiento del problema. Al igual que en otros ámbitos de actividad de la Terapia de Conducta, el impacto que el trabajo de Beck (1976) tuvo sobre el papel de los factores cognitivos en los trastornos emocionales, ejerció su influencia en el modo de entender y tratar el TOC. Así, hoy día, se destaca la importancia del papel de los pensamientos, concretamente de cómo interpretan y valoran los pacientes los pensamientos intrusivos y obsesivos (ver Rachman, 1998 y Salkovskis, 1999). En este ámbito las aportaciones de Salkovskis han sido las más relevantes (Salkovskis, 1985 y 1989). Para Salkovskis (1985) los pensamientos intrusivos son un fenómeno normal y común para la mayoría de las personas. El 90% de las personas reconocen tener ese tipo de pensamientos (Rachman y de Silva, 1978 y Salkovskis y Harrison, 1984). Sólo quienes interpretan inadecuada y catastróficamente estos pensamientos los transforman en obsesiones y pueden generar el TOC, tal y como se da en la clínica. La percepción de que las obsesiones informan sobre un daño que se puede producir a él o a otros, hace que el paciente asuma la responsabilidad de remediarlo a través de los rituales compulsivos.
La aportación cognitiva matiza, al menos aparentemente, tanto los factores relacionados con la adquisición como con el mantenimiento. En la génesis del trastorno, la consideración inicial del problema como normal y el paso a lo patológico en función de la valoración e interpretación de éste, supone un avance sobre el modelo de condicionamiento y una mejor explicación de cómo se origina el trastorno. Esto supone, desde el punto de vista terapéutico, incidir sobre cómo evalúa e interpreta el paciente los pensamientos intrusivos. Por otro lado, y en lo que respecta al mantenimiento del problema, se insiste en la responsabilidad, en la toma de conciencia del paciente para reducir el peligro existente. A este respecto, la aportación es más que cuestionable. Por un lado, se critica que realmente exista un peligro como tal (O’Connor y Robillard, 1995) y que en todo caso si se quiere ir más alla (caso de que fuera necesario) del papel dado a las compulsiones desde la perspectiva conductual, se debería insistir en las creencias disfuncionales relacionadas con el control del pensamiento, en suma en cómo interpreta o siente (depresión) el paciente su incapacidad para controlar los pensamientos (Clark y Purdon, 1993).
Hoy día los tratamientos del TOC que han demostrado de forma controlada su eficacia son: el tratamiento de exposición con prevención de respuesta y el tratamiento psicofarmacológico. Además, diversas variedades sobre ellos, incluyen, principalmente, el tratamiento cognitivo, modalidades de aplicación (exposición imaginaria, tratamiento de grupo, familiar, etc.), y los tratamientos combinados. A continuación se revisará la evidencia experimental disponible sobre la eficacia de dichos tratamientos.
Tratamiento de exposición con prevención de respuesta (EPR)
Como ya se ha señalado, es ampliamente aceptada, en atención al resultado de múltiples investigaciones desde los años 60, la eficacia del tratamiento de EPR. Los diversos trabajos publicados han sido revisados en diversas ocasiones utilizando la metodología del meta-análisis. De entre los meta-análisis realizados que reúnen los requisitos metodológicos de control adecuados (Marks, Hodgson y Rachman, 1975, Roper, Rachman y Marks, 1975 y Marks y cols., 1980) cabe señalar que la EPR es efectiva en el tratamiento del TOC, llegando incluso a seguimientos de 3 años, e insistiendo en su especial utilidad para el tratamiento de los rituales compulsivos.
La amplia evidencia a favor de la EPR no es homogénea. En primer lugar, porque en los más de 30 estudios controlados sobre el tema, las variaciones de los trabajos, que afectan tanto al número de sesiones aplicadas como a los períodos de seguimiento, implican, necesariamente, diferencias en los resultados. Aun así, la utilidad de la EPR en la mejora del problema se sitúa entre el 40-75% (Steketee y Shapiro, 1993).
Un reciente trabajo, bien controlado, realizado por Franklin y cols. (2000) ha puesto de manifiesto no sólo la utilidad de la EPR en el tratamiento del TOC, sino que dicha eficacia es similar cuando los sujetos reciben el tratamiento en un contexto clínico; esto es, cuando no hay un ensayo clínico que obliga a una asignación al azar a las condiciones experimentales, que cuando los sujetos son asignados al azar al tratamiento. El trabajo realizado con 110 pacientes en un centro clínico universitario argumenta a favor de los resultados obtenidos en los ensayos experimentales con asignación al azar de las condiciones experimentales, haciendo ver que las posibles expectativas negativas del paciente de no saber si está recibiendo el mejor tratamiento, no afectarían a la eficacia de la EPR.
La comparación de la EPR con otros tratamientos, en estudios controlados con asignación aleatoria a las condiciones experimentales, señala que es más eficaz que el entrenamiento en control de la ansiedad (Lindsay, Crino y Andrews, 1997), la relajación (Fals-Stewart, Marks y Schafer, 1993) o placebos farmacológicos (Kozack, Liebowitz y Foa, 2000).
Aceptada la eficacia de la EPR, los trabajos realizados han ido dirigidos a comparar dicha eficacia con otros tratamientos, a analizar separadamente los componentes de la EPR, o a estudiar la eficacia de distintas modalidades de ésta. Con ello, no sólo se alcanza un mejor conocimiento de cómo opera el tratamiento estudiado, sino que además se añaden datos sobre su efectividad.
Componentes de la EPR
Foa y Goldstein (1978) estudiaron la exposición y la prevención de respuesta aplicada de forma concurrente en una muestra de 21 pacientes. Los resultados mostraron una mejora del 86% en los rituales y del 57% en las obsesiones, ofreciendo no sólo datos sobre la eficacia de la EPR, sino también de la existencia de dos efectos, en cierto modo diferenciados, y en el que la EPR actuaría, preferentemente, sobre el componente compulsivo.
Un estudio posterior de Foa y cols. (1984) avanzó en el estudio de los componentes al comparar de forma independiente tres grupos: exposición, prevención de respuesta y EPR. El estudio que incluyó una asignación equiparando a los sujetos por la variables relevantes (sexo, nivel de depresión, etc.) mostró que la condición más efectiva fue la que incluía la exposición y la prevención de respuesta; esto es, la EPR, y aunque los componentes aplicados aisladamente producían una mejora de la sintomatología (del 25 al 29%), ésta no alcanzaba a la procurada por el tratamiento completo (63%).
Variaciones de la EPR
Además de aportar evidencia empírica acerca de la relevancia de los dos componentes esenciales de la EPR, es preciso contrastar también los elementos esenciales de la técnica a aplicar, lo que ha sido realizado en diversos aspectos que se recogen a continuación.
La utilización de exposición en la imaginación ha sido estudiada en su capacidad para potenciar la EPR. Diversos estudios controlados han estudiado este punto. Hay que resaltar, en primer lugar, que en ningún momento se cuestiona que la exposición a las obsesiones debe ser real, lo que constituye el elemento esencial en la eficacia de la técnica (Rabavilas, Boulougouris y Stefanis, 1976). Añadir la exposición en la imaginación parece tener un efecto nulo (de Araujo, Ito, Marks y Deale, 1995), si bien hay constancia de que puede tener un efecto beneficioso. En efecto, Foa y Goldstein (1978) encontraron que la exposición en la imaginación mejoraba la EPR en el período de seguimiento (período medio de 11 meses). Esta mejoría a largo plazo parece tener que ver con aquellos pacientes que temen, en especial, las consecuencias de sus obsesiones (Foa, Steketee y Grayson, 1985).
El papel de la EPR controlada por el terapeuta, frente a aplicaciones en las que éste y su entorno familiar tienen una mayor relevancia, ha sido objeto de estudio. La auto-exposición se ha mostrado eficaz, aun cuando el paciente no siga de forma tan sistemática el procedimiento, como cuando éste es llevado a cabo por el terapeuta (Boersma, Den Hengst y Emmelkamp, 1976). La sistemática en la aplicación, a menudo pautada y guiada en las «tareas para casa» facilitadas al paciente es más importante que la mera presencia del terapeuta (Kirk, 1983).
La participación de la familiares del paciente en el tratamiento también ha sido investigada. Esta participación ha buscado, como el caso del tratamiento mediante exposición del trastorno de pánico, ayudar al paciente emocionalmente e integrar a la familia en un problema que también ellos padecen. El planteamiento supone un acercamiento psicoeducativo que implica a los miembros significativos del paciente (Marks, Hodgson y Rachman, 1975 y Calvocoressie y cols., 1995). La utilidad del apoyo familiar ha sido abordado en distintos estudios. En un primer estudio (Emmelkamp, de Haan y Hoogduin, 1990) no se encontraron diferencias significativas entre pacientes asignados aleatoriamente a un tratamiento EPR solos o en compañía de su pareja. Fue un estudio metodológicamente adecuado, si bien el número de sesiones de tratamiento (8 en total) fueron menores a lo usual en otros estudios. Esta cuestión, a pesar de que naturalmente afectó a ambos grupos experimentales, pudo dificultar la aparición de diferencias entre los grupos. De hecho, estudios posteriores sí han encontrado diferencias, a favor de la implicación familiar. Mehta (1990), en un estudio realizado en la India, encontró diferencias significativas en reducción de sintomatología en aquellos pacientes que participaron junto con sus familias en el tratamiento, frente a quienes fueron tratados solos. Esta mejora que se produjo en el postratamiento creció aún más durante el seguimiento.
La aplicación de la EPR en grupo constituye un intento por optimizar el uso de los recursos clínicos. Sólo se ha realizado hasta el momento un estudio controlado que compare el formato grupal frente al individual. Fals-Stewart, Marks y Schafer (1993) compararon el formato individual y grupal, junto con la relajación (considerada como condición de control). Los resultados del trabajo mostraron que la EPR individual y la grupal fueron igualmente eficaces, en comparación con la relajación. Si bien, el estudio de Fals-Stewart, Marks y Schafer (1993) cumplió múltiples requisitos metodológicos, la selección de los sujetos que excluyó sujetos con puntuaciones superiores a 22 en el BDI, entre otros aspectos, caracteriza a la muestra como atípica, con respecto a las características de los pacientes del TOC y a las, en general, aplicables a la mayoría de las investigaciones realizadas.
El número de sesiones de tratamiento y, en menor medida, su duración, constituyen una importante característica en la aplicación de la EPR. Cabe señalar que, en general, ha habido una tendencia con el paso del tiempo a reducir el número de sesiones. De los estudios revisados en este trabajo cabe señalar el rango de 10-20 sesiones como criterio que engloba la mayoría de los estudios. 10 sesiones son demasiado pocas, en general, puesto que la mayoría de los pacientes requieren un promedio de 15 (Emmelkamp, van der Helm, van Zanten y Plochg, 1980; Foa y Goldstein, 1978 y Stekette y Foa, 1985). El aumento de las sesiones más allá de las 15 señaladas no supone una mejoría significativa. Rachman y cols. (1979) comprobaron que duplicar el número de sesiones suponía una mejoría en el tratamiento, no obstante dicha mejoría no era significativa. La duración de las sesiones se sitúa entre 1 y 2 horas. En general, las sesiones con un tiempo inferior a 1 hora no facilitan el proceso de exposición, por lo que se prefieren sesiones largas a cortas (Rabavilas, Boulougouris y Stefanis, 1976).
Tratamiento cognitivo
No puede hablarse estrictamente de un tratamiento cognitivo del TOC, sino de aportaciones cognitivas dentro de la EPR. Así se han aplicado técnicas como el entrenamiento en autoinstrucciones, la terapia racional emotiva o la terapia cognitiva de Beck. Por otro lado, la hegemonía de la EPR ha hecho, con buen criterio, que la investigación se plantee en términos de qué puede aportar el enfoque cognitivo a la EPR. Este esfuerzo ha de matizarse, además, si se considera que la EPR ya ejerce cambios cognitivos, aunque no se produzcan de modo directo. Una forma elegante de mostrarlos es la ofrecida por Foa y Steketee (1979), quienes señalan que quizá la EPR no corrija los déficits cognitivos del paciente, sino que simplemente reclasifique las obsesiones o las preocupaciones como no amenazantes.
El primer estudio dirigido a evaluar la aportación cognitiva fue realizado por Emmelkamp, van der Helm, van Zanten y Plochg (1980) y en él se comparó la utilidad de añadir el entrenamiento en autoinstrucciones a la EPR. Los resultados mostraron más ventajosa la EPR sola que acompañada por el entrenamiento autoinstruccional. En un segundo intento, Emmelkamp, Visser y Hoekstra (1988) compararon la ERP con la terapia racional emotiva. Los resultados obtenidos en reducción de la sintomatología obsesivo-compulsiva fueron semejantes para los dos grupos. No obstante, algunas de las condiciones aplicadas al grupo de EPR, tales como una ajustada duración de la exposición (1 hora) y del tratamiento (10 sesiones), una muy graduada exposición y una escasa programación de las tareas de autoexposición, hizo que el tipo de EPR estudiada fuera en distintos factores distinta a la aplicada en otros trabajos con mejores resultados (ver Foa, Kozak, Steketee y McCarthy, 1992).
Emmelkamp y Beens (1991) utilizaron otro diseño para evaluar la utilidad de la terapia racional emotiva (TRE). En un grupo se aplicó TRE durante 6 sesiones y tras éstas, otras 6 sesiones de un tratamiento combinado de TRE y EPR, en el otro grupo a aplicaron 12 sesiones de EPR. Se realizó una comparación entre los grupos después de las 6 sesiones iniciales, tras las cuales había 4 semanas sin tratamiento. Los resultados mostraron una eficacia similar de la TRE y de la TRE-EPR, tanto a las 6 semanas de tratamiento como a la finalización completa de éste. La conclusión de los autores es que la TRE es, al igual que la EPR, efectiva en el tratamiento del TOC. No obstante, hay dos factores que permiten cuestionar esa conclusión. El primero, tal y como se comentó en el estudio de 1980 (Emmelkamp, van der Helm, van Zanten y Plochg, 1980), las características del tratamiento EPR aplicado no se ajusta a los estándares de esta intervención; y en segundo lugar, el argumento fundamental de igualdad entre tratamientos en la comparación tras las primeras 6 sesiones, queda debilitado al comparar tratamientos truncados, tanto en la RET como en la EPR.
Se ha tratado, también, de determinar la eficacia de la terapia cognitiva de Beck en el abordaje del TOC. El estudio realizado por van Oppen y cols. (1995) comparó la terapia cognitiva, adaptada al tipo de distorsiones cognitivas presentes en el TOC (Salkovskis, 1985), con la EPR. De forma parecida a la del estudio de Emmelkamp y Beens (1991) durante las seis primeras sesiones se manipularon los grupos experimentales. En el grupo de terapia cognitiva no se incluyeron experimentos conductuales y en el de EPR se eludió hablar sobre las consecuencias catastróficas de las obsesiones. Los resultados del trabajo mostraron que la terapia cognitiva y la EPR fueron igualmente eficaces en la disminución de la sintomatología obsesivo-compulsiva. El estudio fue metodológicamente adecuado, sin embargo, al igual que en los trabajos anteriores, el tratamiento EPR propuesto no se ajustó a los parámetros adecuados que garantizaran su plena eficacia. Por ejemplo, aunque se realizaron 16 sesiones de exposición, éstas tuvieron una duración de sólo 45 minutos. El estudio es cuestionado debido a la pobreza de los resultados de la EPR frente a los obtenidos en otras investigaciones (Steketee y Frost, 1998).
Finalmente, Ladouceur y cols. (1995) utilizaron un tratamiento combinado de EPR y terapia cognitiva para el tratamiento de las obsesiones y rumiaciones. Los resultados del estudio comprobaron la eficacia del tratamiento combinado, frente a una condición de lista de espera. No obstante, dadas las características del diseño, se hace imposible deslindar los efectos de la terapia cognitiva.
Tratamiento psicofarmacológico
Los psicofármacos han sido profusamente utilizados en el tratamiento del TOC. Durante un largo período, de los años 60 a los 90, el fármaco usado ha sido la clomipramina (Anafranil), un antidepresivo tricíclico al que tradicionalmente se relacionó su eficacia con la reducción de la sintomatología depresiva (Marks y cols., 1980). Al finalizar la década de los 80 aparecen un conjunto de nuevos fármacos, los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS), que, sustentados en el papel que la serotonina parece jugar en el TOC (Barr, Goodman y Price, 1992), han supuesto un paso importante en el tratamiento farmacológico de este trastorno. La eficacia de los ISRS no parece ligada a la existencia de sintomatología depresiva, y además tienen menos efectos secundarios que la clomipramina (Rasmussen, Eisen y Pato, 1993, Freeman y cols., 1994).
La clomipramina ha demostrado su eficacia en la reducción de la sintomatología obsesivo-compulsiva en diversos trabajos (Thoren y cols., 1980, Ananth y cols., 1981, Mavissakalian y cols., 1985, Volavka, Neziroglu y Yaryura-Tobias, 1985, Lei, 1986, Marks y cols., 1988, Greist y cols., 1990, Clomipramine Collaborative Group, 1991 y Zhao, 1991), en comparación con un placebo y con otros tricíclicos, como la nortriptilina, amitriptilina e imipramina. Se trata de estudios controlados, si bien en algunos casos han sido publicados en revistas que no cumplen todos los estándares científicos. También los ISRS, principalmente la sertralina, fluvoxamina y fluoxetina, se han mostrado eficaces en comparación con un placebo (Greist y cols., 1995a, Jenike y cols., 1990 y Tollefson y cols., 1994). Estos datos son ampliamente corroborados por el meta-análisis de Greist y cols. (1995b).
La comparación de la eficacia de la clomipramina y los ISRS no ha mostrado diferencias significativas. Los estudios muestran unos resultados similares (Den Boer y cols., 1987, Pigott y cols., 1990, Freeman y cols., 1994). En este sentido, el meta-análisis de Greist y cols. (1995b) no sólo recoge esta ausencia general de diferencias, sino que en determinados aspectos la clomipramina es superior a los ISRS, concretamente el porcentaje de abandonos para los ISRS fue del 23 al 27% y del 12,5% para la clomipramina. Este dato resulta sorprendente, habida cuenta, como se ha señalado, del mayor número de efectos secundarios de la clomipramina, debidos a su acción anticolinérica (disfunciones sexuales, cefaleas e insomnio, principalmente), que de los ISRS. De acuerdo con Jenike y cols. (1991), un 3% de ausencia de efectos en la clomipramina, frente a un 43% en la flouxetina.
Con independencia de la eficacia contrastada de la clomipramina y los ISRS, en comparación con el placebo, el beneficio clínico obtenido es limitado. Porcentualmente, supone de un 20 a un 40% de mejoría de la sintomatología, que alcanzaría al 40-60% de los pacientes (Greist y cols., 1995b). En suma, ni el número de personas que mejoran ni la magnitud de la mejoría es espectacular. Es por ello que se buscan otras opciones psicofarmacológicas para resolver esas deficiencias. Se trata de potenciar la eficacia de la clomipramina y los ISRS asociándolos a otros fármacos como el litio, el haloperidol, la buspirona, o el clonazepam. No obstante, los resultados obtenidos de la asociación de estos fármacos son poco esperanzadores, a excepción del clonazepam (Rauch y Jenikke, 1994).
Comparación y combinación del tratamiento psicológico (EPR) y del psicofarmacológico
Como ha quedado recogido hasta aquí tanto el tratamiento de EPR como el psicofarmacológico son efectivos en la reducción de la sintomatología obsesivo-compulsiva. Interesa, en consecuencia, conocer cuál de ellos es más efectivo y si la combinación de ambos es más efectiva que cada uno de ellos considerados por separado.
Son pocos los estudios realizados que permitan comparar, de formar adecuada, las cuestiones planteadas. El primer trabajo realizado, en este sentido, fue el del Marks y cols. (1980). Se trata de un estudio con un diseño complejo que incluye un grupo de mediación con clomipramina y un grupo placebo a los que posteriormente se añadirá la EPR o el entrenamiento en relajación. La clomipramina produjo una mejora en la sintomatología depresiva, sólo en aquellos pacientes que presentaban esa sintomatología. Por otro lado, la EPR produjo una considerable reducción de la sintomatología obsesivo-compulsiva, pero no produjo una mejoría en el estado de ánimo. El diseño, por otro lado, no facilitaba una comparación inequívoca, en el mismo período de tiempo, del tratamiento psicofarmacológico y la EPR, por lo que no permite responder de la comparación de ambos tratamientos. Un estudio posterior fue realizado también por Marks y cols. (1988), en él y a pesar de contar, al igual que en el estudio anterior, con un complejo diseño que dificulta las comparaciones, se puede concluir que la EPR es más efectiva que la clomipramina. Por lo que respecta al tratamiento combinado, la adición del fármaco potencia inicialmente la EPR, si bien esa potenciación desaparece rápidamente y no se observa en el seguimiento. Otra ventaja del tratamiento combinado es que posibilita que la mejora llegue a más individuos, en torno a un 20-25% más, aunque no aumenta la mejoría sintomática en los pacientes.
Un estudio con un diseño que permite unas más claras comparaciones es el realizado por Cottraux y cols. (1990). En él los tres tratamientos comparados: fluvoxamina, fluvoxamina + EPR, y placebo + EPR, produjeron una mejoría similar. Sólo el grupo de fluvoxamina + EPR obtuvo una ligera ventaja sobre los dos restantes. Esta ventaja casi desaparece en el seguimiento a los 6 meses y es mínima al cabo de 1 año.
No se han realizado más estudios en la actualidad que permitan determinar la eficacia diferencial y combinada del EPR y el tratamiento psicofarmacológico. El meta-análisis de van Balkom y cols. (1994) concluye que la EPR, sola o en combinación con los ISRS, es más eficaz que los fármacos ISRS solos.
Predictores de la eficacia terapéutica
El estudio de los factores relacionados con la eficacia del tratamiento ha sido relativamente amplio en el caso de la EPR y escaso en el tratamiento psicofarmacológico (ver Rauch y Jenike, 1998 y Zohar y cols., 2000).
En relación con la EPR puede decirse que, en general, se ha mantenido la creencia de que la presencia de psicopatología asociada al TOC constituiría un factor de reducción de la eficacia de la EPR. Los resultados de las investigaciones sobre el particular no permiten confirmar dicha creencia, aunque tampoco desmentirla. En el caso de la depresión, si bien hay estudios que indican que predice una menor eficacia de la EPR, especialmente cuando es severa (Abramowitz y cols., 2000), en otros trabajos no se ha encontrado esta relación (ver Steketee y Shapiro, 1995). Por otro lado, la concurrencia de trastornos de personalidad sí contribuye a disminuir la eficacia tanto de la EPR como de los fármacos ISRS (Jenike, Baer y Carey, 1986, Minichiello, Baer y Jenike, 1987, AuBuchon y Malatesta, 1994, Baer y cols., 1992, Fals-Stewart y Lucente, 1993 y Ravizza y cols., 1995), aun cuando hay algún estudio en que no se constata este efecto (Mavissakalian y cols., 1990).
Otras variables objeto de interés son el grado de motivación al tratamiento, especialmente importante en la EPR, o las expectativas en la eficacia o resultados del tratamiento. A pesar de la reconocida importancia clínica de estos factores, apenas han sido estudiados. En general, parece apoyarse la hipótesis de que el grado de motivación, así como unas buenas expectativas en el resultado del tratamiento es efectivo (Foa y cols., 1983, Hoogduin y Duivenvoorden, 1988, Cottraux y cols., 1993 y Keijsers, Hoogduin y Schaap, 1994), aun cuando la existencia de evidencia contraria (Lax, Basoglu y Marks, 1992) y, sobre todo, la falta de más estudios, aconseja no concluir sobre el particular.


Conclusion
Antes de iniciar el comentario sobre la revisión realizada es preciso concluir que la categoría deTratamiento Bien Establecido para el TOC incluye, al menos por el momento, solamente a la EPR, como tratamiento psicológico. También debe incluirse en esta categoría el tratamiento farmacológico con inhibidores de la recaptación de la setoronina, tanto de la clomipramina como de los inhibidores selectivos: flouxetina, fluvoxamina y sertralina.
Dentro de la categoría de Tratamiento Probablemente Eficaz deben señalarse algunos aspectos, principalmente variaciones y combinación de tratamientos, de los señalados en el apartado anterior. Concretamente, la utilidad de asociar el tratamiento o terapia cognitiva a la EPR, o la también asociación de la EPR con el tratamiento farmacológico.
En consecuencia, cabe señalar que el tratamiento psicológico de elección más eficaz es la EPR. Este tratamiento no sólo ha sido ampliamente estudiado de forma genérica, sino que han sido evaluados empíricamente sus principales componentes, así como su estructura: número de sesiones, duración de éstas, manuales de tratamiento, etc. En estas condiciones, constituye un punto de referencia seguro en el tratamiento e investigación del TOC. Es por esto que el «empuje» cognitivo: la importancia que técnicas o terapias cognitivas puedan tener en el tratamiento del problema, por extensión a lo ocurrido en el tratamiento de otros problemas de ansiedad, haya sido menor. No hay, por el momento, justificación empírica para modificar la EPR en términos cognitivos. Steketee y Frost (1998) señalan, se supone que producto del general conocimiento o del saber clínico, que los tratamientos cognitivos dirigidos a corregir las distorsiones cognitivas de los pacientes tienen unos efectos positivos, con o sin la EPR. Sin embargo, se reconoce que no hay datos que justifiquen ese particular, aunque de modo «informal» muchos clínicos hablen con los pacientes sobre sus creencias cuando éstas emergen durante las sesiones de exposición (pp. 384-385). Llama la atención, en este sentido, la extraordinaria potencia de la EPR, recordando el reciente trabajo ya comentado de Franklin y cols. (2000), en el que se observa cómo la EPR es efectiva aun cuando la persona pueda suponer verazmente que está recibiendo un tratamiento menos efectivo, placebo o experimental, o puesto en pasiva: la EPR no mejora por ser considerada por el paciente como el mejor y más deseable tratamiento.
La eficacia de la EPR queda constada, sin embargo ésta es limitada. Superar esa limitación tal vez requiera no sólo conseguir un más adecuado tratamiento, sino una mejor adaptación de éste a las características personales del paciente. Contar con un buen tratamiento constituye una excelente condición para determinar qué variables pronostican su eficacia y cómo ajustar éste a dichas variables. Otro aspecto a considerar es la permanencia a largo plazo de la remisión de la sintomatología. Ciertamente, muchos de los trabajos realizados cuentan con períodos que llegan, incluso, a los 6 años de seguimiento. Estos prolongados seguimientos permiten ver cómo las diferencias entre los grupos tienden a disminuir y a desaparecer en el tiempo. Es por ello que Abramowitz (1998) se planteó un estudio meta-analítico para contestar a la pregunta de si la EPR curaba el TOC. Esto es, no sólo si persistían en el tiempo las mejoras, sino si los pacientes se mantenían tan asintomáticos como la población general. Los resultados fueron que tras el tratamiento sí eran similares a la población, pero 5 meses más allá ya se presentaban diferencias en la sintomatología. Cabe pensar que tal vez esto no deba tener mayor importancia, siempre que no interfiera negativamente en la vida del paciente; sin embargo este efecto es inaceptable, por lo que ha de investigarse, prolongando los períodos de seguimiento sobre cómo mantener, en su sentido más amplio, las ganancias terapéuticas.
El tratamiento psicofarmacológico: clomipramina y los ISRS es también eficaz, aunque en menor medida que la EPR. Esta inferioridad es debida a dos factores: la menor reducción de la sintomatología obsesivo-compulsiva y la presencia de efectos secundarios, especialmente en el caso de la clomipramina. Un aspecto que facilitaría entender cómo operan estos fármacos en el control del problema sería saber sobre qué componentes del TOC actúan. Los datos son claros y fiables al reiterar cómo la clomipramina mejora el estado de ánimo, lo que no hace la EPR, pero qué influencia tiene esto sobre el tratamiento global del problema. Foa y cols. (1992) han trabajado sobre este aspecto, constatando que la imipramina reduce la depresión en los pacientes deprimidos, pero no reduce la sintomatología obsesivo-compulsiva ni en los pacientes deprimidos ni en los no deprimidos. ¿Cómo actúan entonces los antidepresivos sobre el TOC? Será preciso aclarar estos aspectos para utilizar más adecuadamente la potencia terapéutica de dichos fármacos. Tal vez un ámbito prometedor en ese sentido, aunque aún no ha ofrecido resultados positivos, es el abordaje neuropsicológico que trata de integrar los aspectos cognitivos, especialmente relacionados con la memoria, neuroquímicos y conductuales (Tallis, Pratt y Famani, 1999, Bolton y cols., 2000).
Contar con un buen tratamiento psicológico y con un tratamiento psicofarmacológico adecuado es un buen punto de partida para la práctica clínica y la investigación. Además, en este caso y a diferencia de otros trastornos de ansiedad, no parece darse una contraindicación de ambos tratamientos, sino al contrario pueden cooperar e incluso potenciarse (Silvestre y Aronowitz, 1997). En la actualidad, como se ha señalado, no hay suficientes datos para permitir delinear las normas básicas de esa cooperación, sin embargo, éste ha de ser uno de los ámbitos de desarrollo futuro del tratamiento del TOC, sobre todo si se hace, como también ya se ha comentado, integrando las características y variables personales del paciente en la ya mayor posibilidad de opciones terapéuticas.
Un aspecto de especial relevancia es el relacionado con la eficiencia de los tratamientos. En este ámbito, la ventaja inmediata del tratamiento farmacológico es evidente, habida cuenta de los menores recursos que consume. Ciertamente la ERP es menos accesible para la mayoría de los pacientes o tiene un coste económico (práctica privada) en clara desventaja con el uso de fármacos (Cottraux, 2000). La efectividad, en principio, también parecería favorecer al tratamiento farmacológico. Los efectos secundarios de los ISRS son prácticamente inexistentes (no así de la clomipramina), frente a las dificultades que para el paciente puede implicar el tener que seguir el programa de exposición. Resumiendo, el fármaco consume menos energías y recursos del paciente, del terapeuta y del sistema sanitario en términos económicos. Éste es, sin duda, el motivo por el que la EPR no se haya generalizado masivamente. Queda aún por cuantificar en qué medida esa ventaja en la eficiencia de lo farmacológico no alcanza, compensa o supera las ventajas sobre el control de la sintomatología obsesivo-compulsiva de la EPR.
Frente a esta desventaja de partida del tratamiento psicológico, en términos de eficiencia, cabe la de reducir y/o simplificar éste. La posibilidad de reducir el número o la duración de las sesiones de exposición queda, hoy por hoy, descartada. Los trabajos, como se ha señalado en la revisión, que han tratado de reducir estos parámetros han mermado la eficacia de la EPR. En este sentido, cabe destacar que en atención a los resultados de las investigaciones la EPR puede ser, en gran medida y en sus elementos básicos, protocolizada dejando un pequeño margen de adaptación a las características personales del paciente, problema y terapeuta. La alternativa para mejorar la eficiencia pasa por estudiar la auto-aplicación de la EPR, reduciendo al mínimo la necesidad del terapeuta (Kobak y Rienmann, 2000). Diversos trabajos de Greist y Marks (Greist y cols. 1998 y 1999 y Bachofen y cols., 1999) están poniendo de manifiesto la utilidad que el uso del teléfono y del ordenador, generando ayudas específicas interactivas, tienen en la aplicación de EPR.

Andrea stephania Torres 201010022500

martes, 9 de noviembre de 2010

Evaluación y Tratamiento Psicológico de un Caso de Alcoholismo Severo

Evaluación y Tratamiento Psicológico de un Caso de Alcoholismo Severo


Autores:

Fco. Javier López-González. (Psicólogo especialidad Clínica y de la Salud. Investigador Principal en Ansiedad/Asma. Servicio Neumología. Hospital de san Juan de Alicante. Doctorando en Medicina Interna. UMH. Elche. Gabinete de Psicología del Centro Médico Estación).  ALICANTE.  
Mª Teresa Pérez Marín
. (Estudiante en prácticas de Psicología U.N.E.D.). Madrid. TAS. Centro Socio-Asistencial Dr. Esquerdo. Santa Faz. Alicante.

 


INTRODUCCIÓN

El consumo abusivo de alcohol es un grave problema sanitario y social para el país de España, en el que se estima que haya unos tres millones y medio de alcohólicos aproximadamente según las últimas estadísticas del ministerio de Sanidad y Consumo.
Del mismo modo, el ya tradicional consumo de bebidas -como el vino o cerveza- de baja graduación alcohólica, se han visto reemplazadas por un consumo cada vez mayor de bebidas con un alto nivel de la misma. Los graves problemas que sufre nuestro país y sus jóvenes con el conocido “botellón”, en el que se combinan refrescos con destiladas en cantidades alarmantes de consumo en fin de semana, pone de relieve la triste realidad de que para salir y divertirse, hay que beber abusivamente o de forma desmesurada.
Por otra parte, cada vez se dispone de más evidencia a través de los estudios realizados, acerca del hecho de que “antes” del consumo abusivo (que en un principio podía ser normal), existe una patología psicológica de base que, hace del alcohol el medicamento más usado desde la antigüedad y, respuesta que se mantiene conductualmente por reforzamiento negativo; es decir, por alivio del malestar ocasionado por cualquier otro trastorno de base. En el caso que les proponemos se trataba –entre otras conductas problema-  la fobia social (trastorno de ansiedad social), del sujeto que nos hizo pensar que sería el desencadenante del cuadro y de su mantenimiento.
Decir, para terminar la introducción que existen en la actualidad, diversos modelos de intervención para el alcoholismo, que integran varios componentes o “ingredientes activos”. Tal es el caso de la Community Reinforcement Approach, (CRA), de Hunt y Azrin, 1973. Del mismo modo, se sucedieron distintos paquetes de tratamiento, casi todos incluían entrenamiento en habilidades sociales (de afrontamiento o estándar), y/ habilidades de comunicación; todos ellos comparados frente a grupos control (lista de espera u otras formas de tratamiento, como el típico consejo médico educativo, grupos de discusión, o terapia conductual familiar). De todos ellos el que mostró mejores indicadores de efectividad y eficacia fue el pionero de Hunt y Azrin (La aproximación CRA).  No es ocioso tampoco recordar que la prevención de la recaída debe ser fundamental en cualquier abordaje terapéutico por lo que se hace imprescindible tenerla muy en cuenta a la hora de aplicar el mismo. Un ejemplo de ella lo podemos encontrar en el programa de Marlatt y Gordon, 1985.
La terapia conductual familiar mostró también resultados estadísticamente significativos frente a otras formas de tratamiento, consejo o recomendaciones médicas, como así lo señalan las investigaciones de McCrady, et al 1986; McCrady et al, 1991.

EXPOSICIÓN DEL CASO

Sujeto.

El varón José M., de 54 años de edad acude a consulta del gabinete remitido por uno de los médicos del mismo Centro de Especialidades médicas, acompañado de su esposa. Solicita tratamiento aduciendo presiones por parte de su mujer. En esta ocasión ya le ha dicho concretamente que: “coge sus cosas y a sus hijos y se va de casa porque no puede soportar el problema por más tiempo”. Tiene tres hijos, dos chicos de 24, 20 y una chica de 13 años respectivamente. Es trabajador de banca y su esposa trabaja como maestra de primaria. Poseen un nivel socio-económico medio-alto. Viven en una urbanización privada con jardines, pistas de tenis, paddle, gimnasio, etc., en una zona residencial frente al mar, en una ciudad costera.

Historia del problema.

José M., dice beber desde los 14 o 15 años. Cuando comienza a salir con los amigos y a relacionarse con chicas durante los fines de semana. Comenta que: “tenía más soltura para pedir bailar o dirigirse a una chica” sino: “me sentía incapaz”. Posteriormente durante el estudio de su carrera en la universidad, se apuntaba a todas las fiestas de la facultad (como excusa para poder beber más, ya que dice: “nadie me ganaba”). Le consideraban como “una esponja”
En la universidad fue entonces cuando conoció a su mujer y al quedar con ella a diario y observar sus conductas, pensaba que el patrón de bebida de José M., era “normal”. Tras dos años de relación se casaron y fue cuando empezaron a hacerse notorios y/o más patentes los consumos de alcohol (sobre todo durante los fines de semana).
Aproximadamente coincidiendo con el nacimiento de su última hija, José comienza a beber de manera más desmesurada, llega más tarde de lo habitual a su casa algunos días de la semana, poniendo excusas de todo tipo (laborales, horas extras, averías con el vehículo, encuentro con viejos amigos, etc.). Situación que en último año se ha hecho insostenible por producirse de manera cotidiana (con el consiguiente gasto económico) e inclusive produciéndose el hecho de regresar a casa de madrugada, con síntomas evidentes de embriaguez severa. En una ocasión lo tuvieron que llevar a casa sus amigos del bar en un estado de semi-inconsciencia que precisó su traslado al servicio de urgencias del hospital de su ciudad, dónde se le administró vitamina B6 y se derivó al domicilio, con derivación a su médico de Atención Primaria. 
En su casa ya, la situación se había vuelto insostenible para aquél entonces: sus hijos mayores son conscientes del problema de su padre y su hija de 13 años comienza a realizarle “sondeos” a su madre del tipo: “a papá se le nota raro”, “papá ya no quiere estar conmigo tanto tiempo como estaba antes”.
Ha visto reducido su círculo de amistades restringiéndolas a “las de bar”, no tienen por así decir, actividad social alguna más que la que tiene su esposa de forma separada (con sus amigas de tomar café, tiendas, etc.). Alguna relación que mantenía con varios compañeros de trabajo, se ha visto mermada también por su problema: cuenta como “si le hubiesen dado de lado”.
La actividad sexual es otra fuente de asperezas en la pareja ya que a pesar de que José está como más activo en este sentido, su mujer se queja –en otra entrevista separada, por supuesto- de que se “ha vuelto más torpe o lerdo y tosco” a la hora de iniciar la relación, le cuesta más que antes tener y mantener la erección y en una ocasión la “quiso forzar”.
En su trabajo asimismo presenta problemas, ya que en alguna que otra ocasión por sus síntomas y malestar ha dejado de acudir, poniendo a su esposa en la tesitura de mentir a sus jefes aduciendo causas de otra índole como gripes, otras enfermedades infecciosas, etc., ella reconoce que claramente lo que estaba haciendo es “encubrirlo en realidad”.  También por las mañanas, en el mismo, aduce ponerse nervioso ante las exigencias de las labores a realizar, poniendo como ejemplo que a veces evita realizar llamadas de teléfono relacionadas con sus gestiones en el banco o, las deriva o delega en otros compañeros. Aunque más tarde nos comenta que: “casi todos se aprovechan de mí”
Así, por las mañanas, el motivo que relata a veces (para no ir al trabajo), es el de encontrarse con gran ansiedad y bastante mal cuando se levanta, (solicitando bajas laborales por gastroenteritis, etc..,) vomitando a veces o con náuseas, temblores en las manos casi siempre, calambres y entumecimiento en las piernas. Y por las noches cada vez duerme peor; ya que, está muy intranquilo, desasosegado y tiene muchas pesadillas. No parece que tenga trastorno del ánimo grave, y, aunque ahora esté muy suspicaz, no parecen existir delirios paranoides, de persecución o perjuicio.
Solicita tratamiento motivado por las presiones por parte de su mujer. En esta ocasión ya le ha dicho concretamente que: “coge sus cosas y a sus hijos y se va de casa porque no puede soportar el problema por más tiempo”.  Su esposa nos cuenta que cada vez se emborracha con más frecuencia, (olvidando al mismo tiempo casi todo lo sucedido el día anterior); en repetidas ocasiones la pareja discute porque la mujer argumenta que su marido se pone muy irritable cuando bebe: “parece que no sea la persona que conocí”, y sus celos, en principio “normales”, van en aumento: “se molesta sobremanera cuando piensa que me miran otros hombres”. Afirma asimismo, que ha tenido asimismo varios problemas en el trabajo en el último año, al haber tenido discusiones con varios compañeros.   
Aprovechando que su aseguradora trabaja con el Centro Médico, consulta varias veces con médico de general y especialistas que tras realizar las exploraciones y análisis, pruebas complementarias, etc., revelan 1: una cardiopatía, (alteración en intervalos de ondas), 2: polineuritis, 3: hepatopatía etílica (marcadores hepáticos seis veces superiores a la normalidad) y volumen corpuscular medio alterado. Es decir, que había una destrucción de tejido hepático que pudiese remitir si cesaba en su consumo. (Estado pre-cirrótico).
José M., tras hablar con los distintos especialistas y, comentarles que en alguna ocasión ha realizado intentos infructuosos de dejar la bebida, (de acuerdo con el estado de “contemplación” de Prochaska y DiClemente, 1983), éstos están de acuerdo en su mayoría, en que sea remitido al gabinete de Psicología del Centro, a pesar del tratamiento farmacológico instaurado, a lo que el sujeto accede, aunque con algo de renuencia a ser visitado por psicólogos.  

Análisis Topográfico y Funcional.

A continuación presentamos el análisis tanto funcional como topográfico de la conducta de beber, como de aquellas respuestas disfuncionales y, a las que había que prestar tratamiento o intervención según nuestro criterio:

Beber alcohol.

Se constata a través de las analíticas y lo relatado por el sujeto que ingiere cantidades notorias de alcohol, en concreto: dos copas de coñac en ayunas, tres o cuatro cervezas antes de la comida y casi una botella de vino durante la misma, a mitad de tarde dos combinados de tónica con ginebra y un par de whiskies tras la cena, en la que también tomaba algo de vino. (Todo esto desde hace cuatro o seis meses aprox.). El patrón de conducta de beber es impulsivo, solitario o a escondidas en la mayoría de las ocasiones, siempre tiene algún pretexto para consumir, apura hasta la última gota de todo el vaso donde se le sirve e incluso demanda a veces que se lo llenen hasta el borde. Una vez inclusive tenía dicho en el bar al camarero que, “cuando viese el vaso vacío, lo llenase sin mediar palabra”. Se hace constar así que el antecedente más inmediato de la conducta de beber de José, era el evitar el síndrome abstinencial que tenía como consecuencia una reducción de la ansiedad y malestar general, refuerzo negativo por un lado y, pensamos que positivamente, además de por su efecto euforizante (desinhibición social).

Interacciones sociales y asertividad

Se confirma que el antecedente más relevante de la conducta de beber en el sujeto es de tipo social o asertivo; es decir, cada vez que interacciona o debe demandar algo, reivindicar sus derechos, no ceder ante las pretensiones de jefes, compañeros, etc., así como relacionarse con compañeras o personas del sexo opuesto, le lleva a beber más cuando tiene algún evento de este tipo o afrontar estresores de tipo social. Como consecuentes se señalan un decremento de las respuestas de ansiedad ante el consumo, así como una satisfacción subjetiva difusa que no sabía explicar José.

Problemas maritales

Déficit en el nivel de comunicación que se ve exacerbado por los alejamientos de casa, (para pasar más tiempo en el bar), esposa como estímulo discriminativo negativo ante el propósito de dejar de beber y, por último disfunciones sexuales como consecuencia de beber alcohol en exceso, así como ligera aversión por parte de su esposa

Problemas de distanciamento con los hijos.(Pasar más tiempo en casa).

Debido a sus largas estancias en espacios donde se expende alcohol y a que María muchas veces no quería que sus hijos lo vieran en ese estado lamentable de ebriedad, mandaba a éstos a casa de sus abuelos. Produciéndose un progresivo distanciamiento en la relación padre/hijos.

Abandono de reforzadores externos.

Debido a que su estado físico en la actualidad es deplorable o está muy deteriorado, ha tenido que restringir sus actividades lúdicas arriba reseñadas hasta el punto de abandonarlas por completo. Además de que éstas sean incompatibles con la conducta de beber y su estancia en bares.            

Insomnio de iniciación y mantenimiento

Siempre se recuerda como insomne y, a pesar de que el alcohol en un principio actúe interrumpiendo el proceso de sueño en algunas ocasiones y personas, a costa de perseverar en su ingesta, como buen depresor del Sistema Nervioso Central, consigue una sedación que se convierte en conciliación de éste, por lo que pensamos que también se mantiene por refuerzo negativo la conducta de beber en este caso.

TRATAMIENTOS.

Tratamiento Farmacológico.

Como dijimos al principio, desde el punto de vista multidisciplinar se instauró como primer paso en el tratamiento médico, por los distintos especialistas, la fármaco-terapia siguiente: cianamida cálcica o Colme®, nombre comercial, trazodona, (Deprax®), Hidroxyl® B12, B6 B1 y clorazepato dipotásico (Tranxilium®) de 10 mg., uno en desayuno, comida y cena. Los primeros días se intauró (para el síndrome de abstinencia el fármaco clometiazol, (Distraneurine®), así como para evitar un delirium potencial, que se redujo en dosis escalonadamente, hasta su eliminación completa en dos semanas. Para el insomnio se le administró el ingrediente activo lormetazepam, (Loramet® ), uniéndosele además, el efecto sedante de la trazodona.
De ellos el que más nos interesa a nivel psicológico es el interdictor o disuasor Colme®, ya que se utiliza en combinación como “terapia aversiva”, produciendo unos efectos muy desagradables al consumir alcohol, debido a que el principio activo modifica el metabolismo hepático del alcohol, llevando en muchos casos al hospital de urgencia al paciente si consume, por la alarmante sintomatología de la reacción alérgica, disneica y de otro tipo como: rubefacción, palpitaciones en cabeza, taquicardia, visión borrosa, etc. En suma un cuadro que en la mayoría de las ocasiones (no así el disulfiram), lleva a la monitorización hospitalaria del enfermo.  

Tratamiento Psicológico.

Ya que a través de la evaluación y los auto-registros y, a pesar de la terapia farmacológica, constatábamos que el paciente tenía como patologías de base: a) déficit en asertividad; (escala Rathus); b) trastorno de Ansiedad Social DSM-IV-TR, (APA, 2000), (SPAI); c) trastorno del estado de ánimo moderado, (medido mediante el BDI), y d) desajustes maritales, derivados del propio consumo excesivo de alcohol y, evaluados mediante la escala de Locke y Wallace; otras como la fobia social que parece ser la desencadenante, nos interesamos por iniciar una intervención individualizada y acoplada de los paquetes comunitarios al uso, como los de Hunt y Azrin, (1973) Community Reinforcement Approach (CRA), que son los que mayor sustento ofrecen en cuanto a eficacia, efectividad y eficiencia; alcanzándose tasas de abstinencia en un estudio del 97%. (Cifr. Por Rosa, Olivares & Méndez, 2004), mostrándose superiores (en condiciones experimentales idóneas), a otras formas de tratamiento o al mero control lista de espera.
Del mismo modo, no es ocioso recordar que existen en el mercado distintos paquetes de tratamiento específicos para la fobia social (tanto en adultos como en adolescentes, Olivares 2004).
Así nos encontramos con el IAFS que aunque está diseñado para población adolescente, pensamos que será validado en un futuro para adultos. (Olivares, et al 2003). En esta línea, ya en población adulta nos encontramos con el CBGT de Cognitive Behavior Group Therapy de Heimberg, 1991; y el SET de Turner et al, 1994.
Así pues, comenzamos la terapia, una vez desintoxicado el sujeto, con estrategias de comunicación; a saber: 1º.- Iniciar, mantener y cerrar una conversación de manera adecuada y adaptativa;  2º.- Educación sobre los estilos de comunicación: pasivo-agresivo y asertivo;  3º.- A no ceder o decir NO cuando uno lo desea, etc.
Para las disfunciones familiares se combinaron técnicas operantes (sobre todo refuerzo positivo), con terapia de pareja al modo de la propuesta por Cáceres y Carrasco, 2000, con las siguientes estrategias: “pille a su pareja haciendo algo agradable”; y “hágaselo saber”, “la caja de los deseos”, etc…
Para el deseo o craving de alcohol, se le entrenó en técnicas de afrontamiento haciendo especial hincapié en los cebos de la vida social que puedan hacer que aumentasen la probabilidad de tener una recaída. En este aspecto en concreto se utilizó como estrategia de elección la sensibilización encubierta (previo entrenamiento en imaginación).
Como actividades lúdicas que suplieran a los reforzadores perdidos, que ya poseía: incompatibles la mayoría con el consumo de alcohol, (pesca, paddle, tenis, y caza o tiro olímpico), se propuso una lista de 89 actividades (como las propuestas por Lewinson que), tras realizar una criba y, adecuándose a su estatus socioeconómico, se escogieron una docena de ellas, para ir cumpliéndolas en consonancia con lo descrito más arriba.
Se propuso también combinar el tratamiento con la asistencia a un grupo de ex alcohólicos o abstemios de su localidad, una vez a la semana, con el objeto de reforzar la conducta de no-beber, así como la de establecer nuevos lazos sociales, esta vez, no relacionados con el consumo de alcohol y participar en los grupos de discusión allí formados, fomentando así una especie de primera estrategia de exposición a su fobia social larvada.
Todo ello se implementó por último, en Técnicas de Exposición para el miedo o ansiedad al hablar en público, utilizando como cómplices o co-terapeutas del auditorio, a personal del propio Centro Médico: enfermeras, auxiliares, etc. En concreto el grupo solía constar de 7 miembros generalmente, más el terapeuta que coordinaba y orientaba las sesiones. Al paciente se le dejaba un tiempo prudencial para que esquematizase un tema a exponer, con el que además se podía ayudar en caso de necesidad.

RESULTADOS

A continuación, al ser la exposición de un caso único se “describen” (en gráficos*),  los datos de evaluación pre tratamiento, post, y, en el seguimiento a los tres, seis meses y al año, en respuesta a los distintos cuestionarios y escalas administradas al sujeto.
* = las tablas se reservarán para el análisis funcional de las distintas conductas problema,  a continuación también de los gráficos.
GRÁFICO Nº 1: Puntuaciones obtenidas en la escala RAS de asertividad de Rathus.
Tras el aprendizaje asertivo que se le brindó al sujeto, como hemos descrito anteriormente, José comenzó a mostrase mucho más habilidoso (socialmente hablando), como podemos comprobar, a través del tiempo, en el gráfico nº 1: (Puntuaciones RAS).
gráfico 1
 En el texto encontramos un cuadro psicológico de base donde hay un problema de fobia social con déficit en habilidades sociales y asertividad; como pudimos comprobar en la terapia- de que el sujeto consumiese de forma reiterada alcohol, Otros problemas a nivel más psicológico generados por el consumo insistente de la bebida fueron: de tipo marital, de distanciamiento de los hijos, de insomnio de mantenimiento, problemas sexuales y pérdida de reforzadores externos que, fueron remitiendo tras la intervención psicológica y farmacológica.

CINDY PAOLA MURILLO P
1026573279

martes, 19 de octubre de 2010

GESTALT

ey de igualdad o equivalencia
Cuando concurren varios elementos de diferentes clases, hay una tendencia a constituir grupos con los que son iguales. Esta experiencia la presentamos aislada, para evitar la influencia de otras leyes y por ello están equidistantes todos los elementos integrantes. Si las desigualdades están basadas en el color, el efecto es más sorprendente que en la forma. Abundando en las desigualdades, si se potencian las formas iguales, con un color común, se establecen condicionantes potenciadores, para el fenómeno agrupador de la percepción.
1-10 1.10  1-11 1.11  1-12 1.12  1-13 1.13
Figura 1.10. Están a igual distancia todas las líneas verticales, pero su diferente grosor induce a establecer grupos independientes,  relacionando las gruesas entre sí, y las delgadas con las delgadas.
Figura 1.11. Si los elementos equidistantes y de igual color establecen su diferencia sólo por la forma, se producen agrupaciones y alineaciones en relación con su igualdad o equivalencia. Se observan franjas horizontales alternativas de puntos y cruces. Por el contrario, es muy difícil establecer alineaciones verticales.
Figura 1.12. En pugna con la ley de proximidad, prevalece aquí la agrupación por la igualdad de los elementos. Los círculos se agrupan con independencia de las cruces, creando alineaciones en diagonal que son de mayor distancia. Cuando dos leyes actúan antagónicamente pueden quedar anulados los efectos perceptivos, que se ordenaran alternativamente a voluntad del perceptor.
Figura 1.13. Aquí los elementos rectilíneos se agrupan por sus cualidades diferenciadas con las franjas onduladas que, alternándose, forman campos entre sí: calles rectilíneas y calles onduladas, pero no calles mixtas.

3. Ley de Prägnanz (Ley de la buena forma y destino común)
Prägnanz es palabra alemana de difícil traducción. Si la traducción es difícil no menos es su significado. Quiere decir como "forma que transporta la esencia de algo". La tendencia a Prägnanz la usan los sicólogos de la Gestalt como la tendencia de una forma a ser más regular, simple, simétrica, ordenada, comprensible, memorizable... Por eso nosotros la asociamos a la expresión de "buena forma" o "formas con destino común". Por otra parte, lo que los sicólogos están esclareciendo durante el último siglo, los artistas visuales lo venían practicando desde siempre; hasta en épocas de gran realismo mimético el artista entorna los ojos ante el modelo con la finalidad de captar lo esencial de las formas.
Las partes de una figura que tiene "buena forma", o indican una dirección o destino común, forman con claridad unidades autónomas en el conjunto. Esta ley permite la fácil lectura de figuras que se interfieren formando aparentes confusiones, pero prevaleciendo sus propiedades de buena forma o destino común, se ven como desglosadas del conjunto.
El concepto de "buena forma" no es una creación convencional, sino que responde a  exigencias innatas y muy profundas, arraigadas en todos los individuos y que produce una percepción selectiva de las formas. Hay en todo receptor una tendencia natural a la simplificación, la simetría, el equilibrio, el cierre, el orden, etc., que le facilitan el recuerdo de lo percibido. Se da en todo conocimiento humano una tendencia retentiva a la síntesis, al esquema, al resumen. El hombre se vale de estas simplificaciones por verdadera necesidad operativa, perdiendo los matices del análisis y quedándose con el argumento global de las cosas.

. Ley del cerramiento
La línea sabemos que es una creación del dibujo, una abstracción, y es difícil encontrarla aislada en la naturaleza, por ello, siempre se asocian al límite de una superficie, formando su contorno. Las líneas del dibujo, que aquí utilizamos para nuestras demostraciones, hay que considerarlas como elementos abstractos predispuesta a cualquier fin, y no con la significación que le da Wölfflin en el arte, quien la considera en oposición al estilo pictórico.
Las líneas que circundan una superficie son, en iguales circunstancias, captadas más fácilmente como unidad o figura, que aquellas otras que se unen entre sí. Las circunferencias, cuadriláteros o triángulos producen el efecto de cerramiento. Esta nueva ley parece ser operativa porque señala el hecho de que las líneas rectas paralelas forman grupos más definidos y estables que los puntos, que delimitan peor un espacio.
1-18 1.18  1-19 1.19    1-20 1.20
La gran eficacia de este principio se demuestra en su competencia con la primera ley de proximidad, ya expuesta (1.6). En este caso de la figura 1.18,  las verticales paralelas, forman figura con las más distantes, y se perciben como tres zonas anchas por efecto de los pequeños segmentos horizontales que inician un cerramiento entre las verticales más separadas. 
En la figura 1.19 se repite la experiencia con líneas curvas y cerramiento total sobre las bandas más anchas. No cabe duda que, si el cerramiento se hace con las bandas estrechas, el efecto sería mayor, al potenciarse esta ley con la anteriormente citada de proximidad. 

Figura 1.20. Una buena figura, como pasa con el triángulo equilátero, no precisa siquiera la materialización de la línea de cerramiento, es suficiente la iniciación correcta en los puntos notables de sus vértices, para que se produzca un cerramiento perceptivo. En este caso se potencia la ley de cerramiento con la ley de la buena forma. Esta propuesta ha sido ampliamente estudiada por Profesor Kanizsa de la Universidad de Trieste. 
1-20a 1.20a
Figura 1.20a. Cuando las formas de la derecha aparecen cerradas se convierten en entidades autónomas sin una continuidad con las próximas; al no estar cerradas, como ocurre en la imagen de la izquierda, se prolongan en el espacio vacío que las separa, y la imágenes se agrupan en una sola  figura de un cubo en perspectiva.
5. Ley de la experiencia
Esta es una ley muy discutida porque ataca cuestiones de fondo, ya que la sicología de la Gestalt defiende el nativismo, frente a la sicología asociacionista. El papel que desarrolla la madurez y la experiencia en el proceso de la visión configurada no es simple, pero su experimentación con seres humanos conlleva serias implicaciones. A las ideas nativistas que la Gestalt retoma de Descartes, Kant o Mueller, se oponen las empiristas de Hume, Hobbes, Locke, Berkely o Helmholtz y, últimamente, las teorías trasaccionalistas, que defienden la percepción como un producto del proceso de aprendizaje, en el que interviene el ambiente y la experiencia.
Ocurre con las teorías largamente enfrentadas que terminan siendo ciertas las dos. Lo traducimos con palabras de Fautz, de 1965: "¡La percepción es innata en el neonato, pero en gran parte aprendida en el adulto! Esto se presenta en parte como una resolución que es la mejor que pueda hallarse y en parte para señalar que no es posible obtener solución verdadera. Tal vez sea mejor conformarse con determinar los diversos factores evolutivos que influyen en las diversas etapas del desarrollo filogenético y ontogénico, y renunciar al intento de comprobar el nativismo o el empirismo". El esfuerzo de Hebb, en 1949, por armonizar las tradicionales posturas contrapuestas, le lleva a desarrollar su famosa teoría NEUROFISIOLÓGICA de la percepción, con la que rechaza la actitud nativista de los sicólogos de la Gestalt. Y no faltaran otras teorías como la SENSORIAL-TÓNICA de Werner y Wapner, de 1952; o la del FUNCIONALISMO PROBALISTA de Brunnswik, de 1955; o la del NIVEL DE ADAPTACIÓN, desarrollada ampliamente con fórmulas matemáticas por Helson, en 1964. Todo ello evidencia que la cuestión sigue abierta, pues ninguna postura es plenamente convincente.
Nos inclinamos, basados en nuestras propias experiencias, por la decidida influencia que tiene esta ley en los fenómenos perceptivos. Desde el punto de vista biológico, el propio sistema nervioso se ha ido formando por el condicionamiento del mundo exterior; podemos quedar en que el propio choque con las realidades formales, y la función, han ido configurando la propia estructura del órgano perceptor. Y así lo entendemos a pesar de las experiencias contrarias llevadas a cabo por Hubel y Wiesel con gatitos, en 1963.
También observamos que las experiencias individuales humanas condicionan la percepción al especializarse. Hay profesionales que se adiestran en lecturas invertidas, otros en la visión y comprensión de negativos fotográficos y radiográficos, en discriminaciones sutiles de productos por el tacto, olor o visión. Y estos profesionales reaccionan ante un mismo estímulo de un modo diferente en función de su experiencia adquirida. Pruebas nos han demostrado que si se presentan figuras poco familiares para que luego sean reproducidas, éstas terminarán pareciéndose a las figuras familiares, más que a los originales mostrados como modelos.
Sujetos interesantes para investigar en este campo son los pintores y dibujantes, muy
familiarizados con el análisis de las formas y sus relaciones; ellos ofrecen un testimonio valioso sobre la trascendencia de esta ley de la experiencia.
1-21 1.21 
En la figura 1.21, solamente los que están muy familiarizados con el alfabeto latino descubren la letra E, que sugieren - más que dibujan - las breves líneas en ángulos. Se pueden percibir hasta las líneas inexistentes que formarían la cinta regular de la letra. Si la presentación del experimento se hubiese hecho invirtiendo la forma, o girándola 90°, se ofrecería con mayor nitidez la interpretación perceptiva, y ello es debido a que en otra posición carece de valores significativos aprendidos por el experto en tipografía latina. Se evidencia con esta prueba que el factor experiencia condiciona parcialmente las percepción. 

 Ley de simetría
Figura 1.240. Esta composición simétrica de Fray Angélico tiene un marcado equilibrio. Pero el genio pictórico del pintor sabe romper la simetría con pequeñas alteraciones formales, de luces, sombras y cromatismo variado, que le dan vida a la escena. 
1-240. Fray Angélico  1.240
La ley de simetría tiene tal trascendencia, que desborda el campo de la percepción de las formas para constituir uno de los fenómenos fundamentales de la naturaleza. La biología, la matemática, la química y la física, y hasta la misma estética, se organizan siguiendo las leyes especulares, simples o múltiples, de la simetría.
Es ley muy arraigada en el ser humano, cuya propia estructura fisiológica, también es simétrica, con una simetría especular sobre un plano vertical que lo divide en izquierda y derecha, pero no de arriba-abajo. Del mismo modo, en animales y plantas existen leyes de simetría que ordenan las partes respecto a uno o más ejes. Y no sólo es el entorno natural visible, sino que el macro y el microcosmo parecen regirse por leyes de simetría.
Los fenómenos que se derivan de estos hechos proporcionan material suficiente para investigar sobre esta ley universal de la simetría. Porque si de las cosas naturales pasamos a las obras realizadas por el hombre, vuelve a chocarnos esta persistente forma que va desde el templo griego, pasando por las catedrales góticas, a las obras más avanzadas de la ingeniería naval o aerodinámica. Quizás sea la gravedad, el equilibrio, la aerodinámica y otras leyes, las que impongan necesariamente esta forma funcional, pero también tenemos que tener en cuenta tantas obras cuyas simetrías no tienen justificaciones funcionales.
La teoría de Prägnanz, tan cara a la Gestalt, tiene uno de sus pilares fundamentales en las formas organizativas y simplificadoras de la simetría, y también en la aceptación universal de sus propiedades.
1-24 A1-24 B1-24 C 1.24
Figura 1.24. Esta ley de simetría, tan importante para construir buena forma sobre el plano, es un elemento perturbador cuando las formas sugieren espacio tridimensional. H. Kopferman publicó en 1930 un interesante trabajo usando figuras semejantes al cubo de Necker, que provocaban formas tridimensionales cuando son asimétricas, y se quedan planas cuando tienen buenas formas simétricas, y ello se cumple tanto en el conjunto como en sus partes desglosadas. La figura A es asimétrica y provoca una percepción tridimensional, las figuras B, C son simétricas y se perciben como planas.

Ley de continuidad
Esta ley se constituye con elementos que son comunes a otras leyes ya mencionadas. Tiene elementos de cierre porque partículas independientes tratan de formar figuras, partiendo de la ley de cerramiento. De igual modo toma propiedades de la ley de buena figura o destino común al provocar elecciones de las formas más simples y rotundas. También toma elementos de la ley de experiencia, pues se decide por aquellas formas que tienen figuras reconocibles o son más familiares al perceptor.
Esta ley tiene como caracteres propios la manera de presentarnos las formas. Estas se nos muestran de manera incompleta, inconclusas, como abreviatura o esquemas de fácil interpretación. Precisamente es en esta forma taquigráfica como se proponen en las representaciones perspectivas la clave del "etcéteras", que inducen al espectador de un conjunto a la idea de concreción en formas continuadas y semejantes a otras que son correctas y definidas.
1-30.  Aula IV. Xilografía del autor 1.30   1-30a 1.30a
La adjunta figura 1.30, presenta una xilografía del autor, titulada "Aula IV", que interpretamos por un ordenado conjunto de alumnos, en virtud de las más definidas formas de los primeros términos. Los primeros planos sí presentan figuras reconocibles y definidas, basado en ellas, y por extensión, continuamos interpretando como personas las formas confusas del fondo, que presentadas aisladas del conjunto, no serían identificables como tales. Dada esta situación puede ser engañado el mecanismo perceptor si sustituimos esas formas del fragmento por otras texturas cualquiera que entonen con el conjunto. Figura 1.30a.
1-31 1.31
Figuras 1.31. Un ejemplo más de esta ley de la continuidad, de la que tantos ejemplos se encuentran en la pintura como recurso muy común. Estas piedras del río, claramente perceptibles en el primer término, se van degradando progresivamente hacia la parte superior de la imagen, donde no podríamos reconocerlas si no fuese por la continuidad que parte de las primeras. 
1-31a. Van Gogh 1.31a  1-31b. Monet  1.31b  1-31c. Marquet 1.31c
Figuras 1.31a; 1.31b; 1.31c; corresponden a Van Gogh, Monet y Marquet, respectivamente. En ellas puede observarse el uso que hacen de esta ley de la continuidad; Van Gogh se acentúan las texturas y detalles del primer término, por lo que las más suaves pinceladas de la lejanía se identifican con este tipo de cultivos agrestes del primer término. En Monet y Marquet son las figuras más concretas y detalladas del primer término (que se identifican con los personajes que representan) hacen posible que los pequeños borrones y manchas informes que continúan hacia la lejanía, también se identifiquen con personajes semejantes a los del primer término. 
8. Ley de figura-fondo
Esta ley perceptiva de figura-fondo es la de mayor fuerza y trascendencia de las expuestas, porque puede considerarse que abarca todas las demás, ya que en todas late este principio organizativo de la percepción, observándose que muchas formas sólo se constituyen como figuras definidas cuando quedan como superpuestas o recortadas sobre un fondo más neutro.
El planteamiento figura-fondo tiene especial importancia para nuestro estudio sobre la percepción y posterior representación del espacio pictórico. Estas experiencias siguen siendo sobre formas planas, pero al presentarse unas figuras que están "sobre" un fondo, se obtiene una percepción "en profundidad", que traslada la figura a un primer término, fuera del plano real de la representación, y deja el fondo a cierta distancia indefinida. Se organiza así, con simples formas bidimensionales que operan en el plano, una nueva dimensión de RELIEVE que se estructura en la dirección perpendicular al plano.
1-32 1.32
El "Equipo 57" ( figura 1.32 ) experimentó con formas planas, y con fines estéticos, la creación de espacios perceptivos. Creó con líneas, o con simples límites de superficies coloreadas, situaciones que definió como "interespacios" o puntos de inflexión entre superficies alabeadas cóncavas-convexas, induciendo a un efecto dinámico al "moverse" unas superficies debajo de las otras que se le superponían. Las claves de estos cuadros, de un esquematismo básico que se desarrolla en múltiples combinaciones, que usan el color sólo como elemento diferenciador de las parcelas, producen sensaciones de espacios, pero espacios dinámicos al producirse estas interacciones de un modo progresivo y no espontáneamente en el acto de la percepción. El efecto, que lo estudió ampliamente Egar Rubin,  se produce al alternarse las figuras geométricas planas, unas veces como formas y otras como fondo. Este intento del grupo cordobés fue uno más de los muchos iniciados desde el constructivismo de Cezànne, para sustituir el espacio perspectivo renacentista de la perspectiva lineal por otros espacios.
1-33 1.33   1-34 1.34

ANDREA STEPHANIA TORRES BECERRA 201010022500